domingo, 13 de septiembre de 2009

La lucha por la vida

Casualmente, con la libertad que da el sentirse completamente desligado de los dictámenes de Roma, he llegado hasta aquí..., preguntando..., preguntando.
Así dice el refrán, que "preguntando se va a Roma".
¿Y qué hacer en Roma, una vez -supuestamente- allí, en el centro de la cristiandad en la que ya no crees, si, por otra parte, esa Ciudad de la que dicen es tan apta como París, si no más, para enamorarse, hizo morir, cual mártires eméritos, a sus mejores hijos?
Ya no quedan rubeolas en las mejillas marfileñas dignas de ser, si no besadas, al menos añoradas. Ya no está allí el romano que arrebató mis sueños con su belleza profunda e inigualable.
No maduró el fruto, sino que se mustió.
Se evaporó.
Emigró.
Por eso y por mucho más que decirse no puede, aquí quedó el romano-libre de todo compromiso con la vida.
Fuese por la puerta del Walk-in, lo mejor de la vida y de la muerte.
Fuese la vida y la muerte misma.
Ya sólo queda esperar la Resurrección,
para cuando cesen los césares y los papas.
Para cuando todo cese.
Para cuando se repare esta creación entera.
Para dentro de dos o tres años, cuando suene de nuevo el pito del hombre de la boina y del banderín rojo que anuncia lo que permite: la salida del tren desde la última estación...
otra vez hasta la primera que se establece en una octava superior.
Ya suena en mis oídos el silbato inaudible para otros oídos no tan espabilados como este mío de iniciado que se me abre cada mañana.